Las personas construimos nuestro mundo a través de la comunicación. No somos capaces de articular nuestro proceso vital sin contar con una comunicación activa, tanto interna como con nuestro entorno.
En la era de las nuevas tecnologías, la relevancia de la comunicación se ha expandido a más ámbitos que nunca. Las interacciones sociales y laborales se estructuran a partir de una escala productiva de comunicación: constantemente somos actores, conscientes o no, que reciben y emiten información para conseguir sus objetivos dentro del sistema.
Imaginemos la comunicación como una pirámide con distintos niveles de participación:
Nivel base — El receptor pasivo En el nivel más bajo nos encontramos como receptores de los grandes contenidos que circulan a nuestro alrededor: anuncios en redes sociales, medios tradicionales, publicidad en el entorno. Aunque no formamos parte de su producción, contribuimos a su relevancia. Un discurso que no es escuchado no existe. Un anuncio que no es visto, tampoco. Sin el receptor, la comunicación pierde su razón de ser.
Nivel medio — El pequeño productor Conforme ascendemos en la pirámide, nos convertimos en pequeños productores de contenido. Nunca dejamos de ser receptores, pero nuestro desarrollo personal y profesional adopta una vertiente más participativa. Cada vez que emitimos un mensaje a un público, iniciamos una nueva cadena comunicativa. Somos el principio de una serie de acciones y reacciones que pueden llevarnos, o no, al objetivo que perseguíamos al comunicarnos.
Vivimos en una sociedad donde la imagen que proyectamos influye en nuestro impacto sobre el receptor. Ser conscientes de cómo se nos percibe nos permite modular nuestra comunicación para no ser olvidados ni confundidos.
Nivel superior — El comunicador con impacto En este nivel, la dificultad aumenta junto con el potencial. Formamos parte activa de decisiones sobre qué información se transmite y cómo. Escoger bien las herramientas discursivas tiene un impacto considerablemente mayor, pero también lo tiene el aprendizaje derivado tanto del error como del acierto.
Lo que queda claro de esta pirámide es su presencia constante en el mundo en el que nos desenvolvemos. Reconocer su existencia es reconocer las reglas del juego.
Entendemos la comunicación como un proceso de transmisión de ideas que va más allá del contenido literal del discurso. Comunicar supone un esfuerzo por parte de quien emite la información para que el mensaje llegue al receptor y sea asimilado de forma clara y significativa.
Dentro de la comunicación discursiva identificamos dos tipos principales de prácticas comunicativas.
Aunque no es el foco central de este curso, la comunicación escrita es el paso previo e indispensable a la ejecución oral del discurso. La redacción no es un trámite menor: es el momento en que se jerarquizan las ideas, se fija el tono, se establece la estructura y se detectan las principales carencias expresivas de cada persona.
Preparar por escrito ayuda al orador a:
La comunicación escrita es a la comunicación oral lo que un libro de recetas es a la cocina.
La comunicación oral es aquella en la que la persona enuncia verbalmente un mensaje a uno o más receptores, con independencia de si existe respuesta directa.
En la comunicación discursiva, la ejecución verbal del discurso es la prueba definitiva que determina si estamos ante un buen, mediocre o gran orador. El arte de hablar en público recibe el nombre de oratoria, y quien lo practica es un orador u oradora.
La comunicación oral responde directamente a la capacidad de desarrollo personal que nos acerca a nuestros objetivos. Exámenes orales, entrevistas de trabajo, presentaciones de proyectos, reuniones de equipo… conforme avanzamos profesionalmente, nos damos cuenta del valor que tienen quienes son capaces de comunicarse de manera efectiva, consistente y clara.
Este curso está diseñado para proporcionar las herramientas con las que estar un paso más cerca de ser esa persona, y que comunicarse deje de ser un obstáculo para convertirse en una oportunidad de destacar.